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¿AMAR O DEPENDER?
Por: Lic. Psic. Marisol Carbajal Medrano


¿Existirá alguien en este mundo o en el otro que no haya experimentado el amor alguna vez en su vida? Desde mi opinión, la respuesta más apropiada seria “No”.  Por más nuevos o inexpertos que parezcamos ser en estos menesteres, sin duda en algún momento hemos tenido a quien manifestarle nuestro amor.   

Amar es una función básica y necesaria y es parte de la naturaleza del ser humano, por tanto todos tenemos esta capacidad. Un bebe por ejemplo, aunque no es del todo consciente, puede sentir y recibir amor de sus padres y a la vez expresar emociones mediante  gestos y balbuceos.  Es desde el nacimiento que desarrollamos esta capacidad y la vamos fortaleciendo conforme crecemos.

Es cómodo hablar del amor cuando en general nuestras experiencias afectivas han sido agradables y satisfactorias, el asunto se complica cuando por distintas razones nuestra capacidad de amar no es adecuada y se convierte en una forma dependiente de amar que nos puede llevar a vivir desequilibradamente.

Desde luego que la dependencia en una relación es normal y necesaria, de no ser así, que sentido tendría estar juntos. El problema aparece, cuando las personas dejamos de vivir nuestra propia vida, para encargarnos ya sea conscientemente o no, de la de los demás, al resolver, rescatar, solucionar, controlar, vigilar etc. No cabe duda, que este tipo de dependencia no es sana para nadie y produce dolor y sufrimiento constantes.

 Es cada vez más común advertir, en nuestro círculo de amigos, o en nuestra propia familia a alguien que haya tenido más de una decepción amorosa. Esto no es sorprendente ya que nuestra manera de AMAR determinará ya sea el éxito o el fracaso en nuestras relaciones.  Por ejemplo, el individuo con un perfil dependiente, entre otras características, tiende a quebrantar sus límites personales y los de los demás para ser aceptado y amado. Esto tiene una explicación, la  modalidad dependiente en el amor es una particularidad de las familias mexicanas, donde por tradición, costumbre y/o educación, sus integrantes viven, como si estuviesen amalgamados y sin identidad.  Por ejemplo, los miedos ya sean racionales o irracionales, transmitidos de generación en generación, pueden ser los móviles, que lleven especialmente a las madres, a establecer vínculos poco eficaces, al sobreproteger, rescatar y controlar en vez de guiar, apoyar y alentar a sus hijos. 

Es posible que desconozcamos las consecuencias, que mas adelante estos niños pudieran experimentar. Los estudios y los especialistas nos revelan, que al convertirse en adultos, pueden presentar, inseguridad, desconfianza, irresponsabilidad y rebeldía, así como una propensión a desarrollar, algún tipo de trastorno psicológico o emocional, incluyendo las adicciones.  Estoy segura que ninguna persona, al menos conscientemente, induciría a sus seres queridos hacia este tipo de situaciones.

Es verdad que evitar estas complicaciones depende en gran medida de nosotros, por eso es fundamental que averigüemos de que manera estamos amando y expresando el amor, y de ser necesario hacer cambios.   Aún y con todo lo que hemos acumulado, la manera sana de amar es posible y no está alejada en absoluto de la realidad. 

Si bien para que nuestras relaciones sean prosperas y satisfactorias, es preciso despojarnos de nuestro ego y a veces de nuestros deseos personales, amar no sólo implica renuncia y sacrificio, también tenemos derecho a ser nosotros mismos, a ser respetados, amados, a vivir en paz y a sentirnos plenos.

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